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laugardagur, janúar 01, 2005

Lagrimas de Verdad

La noche rugía en su plenitud de vacíos. Las sombras corrían tras las farolas en su busqueda sin fin. Las manos se agitaban inertes en su furia de gestos. Los ojos bailaban inquietos en su espiral eterna.
Mentes inanes, piernas que hablan, gestos que rompen la armonía de la mentira.
El cerdo, quiero decir, el hombre (osea, el ser humano) seguía pensándose el centro de la nada.